domingo, 12 de febrero de 2017

¿Judíos en el reinado de los Reyes Católicos?


Mucho se nos suele decir que los Reyes Católicos fueron antisemitas... ¿pero hasta que punto es verdad? si bien los obligaron a convertirse (muchos no aceptaron y se fueron, jugando para otros imperios/potencias de la época que eran rivales de España) muchos somos los que sabemos que el Judaísmo es también una raza (a pesar de las distintas etnias ashkenazi, sefardita, etc) y cuyos integrantes muchas veces en la historia actuaron (y lo siguen haciendo) de acuerdo a la sangre.
El judaico franquismo se consideró y puede considerarse heredero del legado de los llamados Reyes Católicos, en cuyo reinado, como veremos mandaban más judíos que en el imperio judeo-yanqui . Me ayudaré del historiador sefardí Joseph Pérez y de Américo Castro principalmente.
Utilizando sucias técnicas que hoy nos parecen nuevas, los Reyes Católicos animan a los vasallos a sublevarse contra el régimen señorial, dándoles a entender que se les incorporan nuevamente al patrimonio real.

Con sus artes ocasionan una guerra civil que dura por lo menos hasta fines de 1476 y que, en ocasiones, se prolonga hasta 1486, lo que supone que el nuevo régimen no contaba precisamente con el entusiasmo del reino, sobre todo teniendo en cuenta que de 1454 a 1464 habían transcurrido diez años de paz y de justicia.
Una vez toman el poder en 1480 aprueban las Cortes: formar parte de ellas es un privilegio reservado solo a las más judaicas ciudades de castilla y andalucía: Burgos, Soria, Segovia, Ávila, Valladolid, León, Salamanca, Zamora, Toro, Toledo, Cuenca, Guadalajara, Madrid, Sevilla, Córdoba, Jaén y Murcia, a la que vendrá a añadirse, Granada, después de 1492. Vemos como después de 500 años el judaico facherio que domina el resto de la piel de toro sigue intacto. Para el judío Franco no había más España que esta.
Así como a Paquito le dio por ser generalísimo y caudillo, el judío Fernando se hace elegir sucesivamente gran maestre de las órdenes de Santiago, Calatrava y Alcántara, situación de hecho que el papa Adriano VI transformará en situación de derecho cuando en 1524 incorpora estas dignidades a la corona.

Fernando II de Aragón (1452-1516), conocido como Fernando el Católico, rey de Aragón y Castilla tenía una antepasada judía directa. Así lo reveló una investigación realizada por el Dr. Mario Sabán en un estudio de la genealogía del rey católico.

La madre del rey Fernando fue la segunda esposa de Juan II el Grande: Juana Enríquez (1425-1468), hija de Fadrique Enríquez de Mendoza y Mariana Fernández de Córdoba y Ayala. El abuelo materno del rey Fernando de Aragón, Fadrique, era hijo, a su vez, de Alfonso Enríquez (1354-1429).

Alfonso Enríquez es conocido dentro de la historia de España como el primer Almirante de Castilla, designado en el año 1405.

Alfonso Enríquez, el bisabuelo de Fernando el Católico, era hijo de Fadrique Alfonso de Castilla (1334-1358) y su esposa: la judía Paloma Bat Gedalia.

Así que la tatarabuela del rey Fernando el Católico era una judía, hija de Shelomo Ha Zaken Ben David, descendiente de los exilarcas judíos de Babilonia. 



Lejos de socavar el poder territorial de la nobleza los Reyes Católicos la acrecientan. Las leyes de Toro en 1505, al reglamentar y favorecer la constitución de mayorazgos inalienables, conducen a organizar y perpetuar el poder territorial de estos parásitos.
Los judíos en la España de los Reyes Católicos
En la lucha contra el moro no bastaba con ocupar el suelo; había que poblarlo; se invitaba, pues a los judíos a quedarse en el lugar y se les ofrecían garantías jurídicas y, una especie de autonomía administrativa y judicial. Es así como los almorávides y almohades se muestran más intransigentes que los anteriores; persiguen a los judíos que se refugian en gran número en los territorios cristianos.
De esta manera se acrecienta en la España cristiana una importante comunidad judía muy, muy prospera gracias a sus sucios negocios de siempre: usureros, revendedores que acaparan granos para hacer subir los precios (como el judío Marc Rich en la actualidad), tesoreros, negociantes, traficantes de esclavos, recaudadores de impuestos o cualquier puesto cercano al poder (como médicos de), es decir, soberanos, grandes señores y príncipes de la Iglesia. “Así se forma una oligarquía judía que muestra muchas veces un lujo ostentoso, un fasto, una confianza en sí misma y un orgullo provocadores” nos dice Joseph Pérez, y sigue contándonos: “Los reyes y los grandes la adulan (a la oligarquía judía), de tal forma que acaba por disponer de una influencia social considerable”

“Esta opulencia y este lujo contrastan con las condiciones de existencia de la mayoría del pueblo que ve crecer sin cesar la distancia entre su pobreza y la riqueza de los judíos, instrumentos y beneficiarios de la opresión fiscal” Es decir, igualito que ahora.
La justa ira popular ante tales injusticias más otras como matar niños en rituales- práctica nada fantasiosa que tiene como caso más conocido y documentado el del niño de la Guardia– hace que se conviertan para salvar el cuello muchos judíos.
El bautismo los asimila a los cristianos, desde el punto de vista de los derechos civiles, lo que les da acceso a funciones prohibidas en otros tiempos: entran en los regimientos (consejos municipales), se alían a familias nobles, se insinúan en las filas del clero donde su astucia les permite bastante a menudo elevarse hasta los puestos más altos de la jerarquía. Otros siguen ocupándose de actividades financieras y comerciales.
“Por estos motivos, el antisemitismo de antaño se ve reforzado; apunta tanto a los que han seguido siendo judíos como a los falsos conversos recientes. Disturbios en Toledo en 1449, en Segovia en 1474, en otros sitios en diversas épocas, atestiguan que la hostilidad popular no cede. Cuando llegan al trono los Reyes Católicos, los problemas planteados por la existencia de la minoría judía parecen inextricables.”

Un ejemplo del ''antisemitismo'' español: Abraham Senior fue un rabino, banquero y político judeo-español que ocupó altos cargos en la hacienda castellana) y en 1492 fue obligado a convertirse al Cristianismo (la sinceridad de esta conversión fue objeto de debate) pero aún así siguió manteniendo un papel financiero clave (USURA).



Para intentar resolverlos de cara a la galería, se vieron abocados a crear una farsa de tribunal que calmara el monumental cabreo de los parias, la Inquisición:
La misma idea surgió de los judíos. Eso es lo que sostiene Américo Castro y no tiene nada de absurdo. Franco también hablaba mucho de perseguir a la judeo-masonería, siendo él judío, financiado por un judío (March) y de haber intentado entrar en la masonería (su padre y su hermano lo era al igual que sus colegas Cabanillas, Mola y el psicópata Queipo de Llano). Pues bien con este tribunal ideado por los propios judíos se trataba de castigar a los pringados (al igual que en el holocuento) y lavar a los otros, a la mayoría, según decían de la infamia. Es así como tuvieron a Torquemada. Del célebre teólogo y dominico don Juan de Torquemada, cardenal de San Sixto, dice Hernando del Pulgar: «sus abuelos fueron de linaje de los judíos convertidos a nuestra sancta fe católica»




La Inquisición vigiló la vida de cada individuo en España con una minuciosidad rara vez igualada con anterioridad al siglo XX. Cualquier persona mayor de 12 años (en el caso de las niñas) o de 14 (en el caso de los niños) era considerada completamente responsable por la Inquisición. Los herejes (cualquier persona sospechosa de no someterse al autoritarismo del clero católico) fueron sus principales objetivos (junto con los pelirrojos), pero todo aquel que osara hablar en contra de la Inquisición era considerado sospechoso. Para evitar la propagación de las herejías, Torquemada, al igual que se hacía en toda Europa, promovió la quema de literatura no católicas. Juan Antonio Llorente, primer historiador del Santo Oficio, asegura que durante su mandato fueron quemadas más de diez mil personas y un número superior a otras cien mil sufrieron penas infamantes. Sin embargo, Kamen considera que, hasta 1530, el número de personas ejecutadas por la Inquisición fue alrededor a dos mil.



Sobre el judaísmo de Torquemada: Lynch, John (2009). Los Austrias. Serie Mayor (4ª edición). Barcelona: Crítica. p. 31.


“La prehistoria de los procedimientos inquisitoriales debe rastrearse en las juderías de Castilla y Aragón. Según un erudito israelita, quienes a fines del siglo XIV delataban a los judíos en Cataluña «no eran por lo común los cristianos, sino los nuevamente conversos al cristianismo, ganosos de ostentar su celo de neófitos o de saciar antiguos rencores»
En vista de todo ello, es lícito y razonable sospechar que los nuevos y extraños procedimientos de la Inquisición española sean una adaptación de los usuales en las aljamas, y que el vehículo para tal mudanza se halle en los numerosos judíos que, en el siglo XV, llegaron a ser obispos, frailes y aun miembros del Consejo Supremo de la Inquisición.

Algunos escribieron libros muy inhumanos contra la gente de su raza, según veremos.
Nadie mejor que el historiador y jesuita Juan de Mariana para confirmar la impresión de que el Santo Oficio, tal como empezó a funcionar en 1480, con sus secretos y sus «malsines», era novedad nunca vista -y a la vez un «remedio dado del cielo», según Mariana

Lo que sobre todo extrañaban era que los hijos pagasen los delitos de los padres; que no se supiese ni manifestase el que acusaba, ni le confrontasen con el reo, ni viese publicación de testigos, todo contrario a lo que de antiguo se acostumbraba en los otros tribunales. Demás de eso les parecía cosa nueva que semejantes pecados se castigasen con pena de muerte; y lo más grave, que por aquellas pesquisas secretas les quitaban la libertad de oír y hablar entre sí, por tener en las ciudades, pueblos y aldeas personas a propósito [ ahí aparecen los malsines] , para dar aviso de lo que pasaba, cosa que algunos tenían en figura de una servidumbre gravíssimo y a par de muerte.
Aunque Mariana recuerda que hubo antes Inquisición en otros países, reconoce que el procedimiento inquisitorial en España era una innovación dentro de la Iglesia, porque «a las veces las costumbres antiguas de la Iglesia se mudan conforme a lo que los tiempos demandan». El establecimiento del Santo Oficio significó para Castilla la pérdida de su libertad secular y el ingreso en un nuevo régimen, en «una servidumbre gravísima y a par de muerte». Los métodos del nuevo tribunal eran tan inauditos y nuevos para la justicia civil como para la eclesiástica, y de ahí el asombro que tan bien se refleja en el terso lenguaje del jesuita. El espíritu de la judería, nuevo y extraño, hablaba a través de los frailes judaizados que manejaban la Inquisición.
Se aunaron en aquélla el odio secular y sin estructura de la «gente de los menudos» y la pasión venenosa y muy articulada de ciertos teólogos judíos, convertidos al cristianismo para daño de la espiritualidad cristiana y del pueblo español. De la plebe sin nombre y sin forma surgió la violencia ciega que desde fines del siglo XIV comenzó a arrasar las juderías; ciertas órdenes religiosas con matiz popular y amplia base de villanaje -y bastante pobladas de conversos resentidos-, suministraron el programa para el ataque, con argumentos que voceaban desde sus púlpitos prestigiosos, y que a la larga tendrían consecuencias incalculables. No bastó que los reyes procurasen atajar la furia descarriada de quienes vivían privados de fecundas tareas; y basaban sus vidas en desear y en no querer; su afán más urgente era apoderarse de lo creado por quienes ellos desamaban. Difícilmente, por otra parte, hubieran podido los grandes señores imponer mesura al villanaje, cuando ellos mismos no tenían otra misión que la de «vivirse» a sí mismos, ejercitando su valor y recreándose en el espectáculo de la propia distinción. Antes de que el Rey Católico descubriera la manera de utilizar la impaciencia combativa de sus caballeros, el hervor de aquellos señores les llevaba a destrozar su misma tierra. Mientras tanto, la gente de baja y servil condición (así la llamaba el marqués de Santillana) se cebaba en los despojos de las ricas juderías, bien atizados en su furia por las prédicas de ciertos frailes.

Si reyes y nobles contuvieron a veces la violencia material contra los hebreos, nadie en cambio pudo reprimir la furia teológica de algunos ilustres conversos contra sus ex-hermanos de religión. Parece increíble, pero lo cierto es que los más duros golpes contra Israel vinieron de sus mismos rabinos luego de bautizarse.

Había soñado el judío en los siglos XIII y XIV con la posibilidad de dominar a Castilla, la nueva tierra prometida. Estaban en sus manos el fomento y la administración de la riqueza del reino, la técnica y los saberes entonces posibles. Como casi todos los fenómenos de la vida española, su judaísmo careció también de límite y discreción.

Un grupo, en fin, integrado por hombres inteligentes y muy sabios, lo sacrificaría todo al afán de ser preeminentes y de sentirse bien afirmados sobre las cimas de la sociedad. No vacilaron en traicionar a los judíos y en perseguir a los conversos con saña exquisita. Ellos fueron, en realidad, los inspiradores del Santo Oficio de la Inquisición y de los métodos que tanto extrañaban al padre Juan de Mariana. Pero tal afirmación necesita ser bien probada.
La primera figura de aquel grupo fue Salomón Haleví, nacido en Burgos hacia 1350 y rabino mayor de la ciudad. Él, sus hijos y sus hermanos abrazaron en 1390 el cristianismo, y Salomón fue desde entonces don Pablo de Santa María; de él proceden todos esos teólogos, juristas e historiadores Santa María, cuyas obras llenan de distinción las letras del siglo XV. Don Pablo recibió en París el título de doctor en teología; en 1396 era ya canónigo de la catedral de Burgos, y desde entonces llovieron sobre él honras y preeminencias: capellán mayor de Enrique III, nuncio del papa Benedicto XIII en la corte de Castilla, tutor y canciller de Juan II (cuya pragmática de 1412 contra los judíos debió de redactar), y finalmente obispo de Burgos. Todo ello pone de manifiesto su inteligencia y su saber, gracias a los cuales pudo pasar de rabino mayor a obispo dentro de la misma ciudad, cosa que no se concebiría fuera de España -un país de historia singularísima-. Hasta aquí nada es reprobable en la vida de don Pablo -un nuevo Saulo-, porque como tan a menudo decían los conversos del siglo XV , el cristianismo comenzó con Jesucristo, un divino converso, y judíos conversos fueron sus apóstoles. Mas si la conversión de Salomón Haleví es, en principio, respetable, la postura que asumió frente a los judíos de España fue una pura bellaquería, por bien que se explique dentro del complejo movimiento de la historia hispánica. En su Scrutinium Scripturarum, escrito en la ancianidad, dice el obispo de Burgos que los judíos españoles «suadente anticuo hoste» (por persuasión diabólica), «habían subido a grandes estados en los palacios reales y de los grandes», e imponían temor y sumisión a los cristianos, con notorio escándalo y peligro de las almas; gobernaban a su arbitrio el reino de Castilla, que reputaban cual suyo propio. Alaba don Pablo las matanzas de 1391, y piensa que las turbas fueron excitadas por Dios para vengar la sangre de Cristo ( «Deo ultionem sanguinis Christi excitante» ); aquel Ferrán Martínez que azuzó a la plebe sevillana era para el cristiano obispo de Burgos «un hombre ignorante aunque de loable vida -in litteratura simplex et laudabili vita»; etcétera.
La única excusa para tanta degradación es pensar que el rabino-obispo, mientras así escribía, estaba conjurando los espectros de su propia vida, gritando para no oírse la conciencia. Don Pablo se convirtió para subir a gran estado en el palacio del rey y para gobernar a su arbitrio el reino de Castilla. Sus antepasados lo habían hecho como rabinos y alfaquís, y él ya no pudo ascender sino renegando de su fe. En don Pablo se dibuja la figura siniestra del inquisidor de su propio pueblo
Si los ilustres conversos hubieran guardado para sí sus nuevas creencias, o vivido como algunos que conoció Pérez de Guzmán -«buenos religiosos que pasan en las religiones áspera e fuerte vida de su propia voluntad»-, entonces no habrían causado mal de ninguna clase. Lo grave es que sintieron la urgencia de justificarse borrando toda huella y recuerdo del judaísmo que llevaban en sus almas. Entre estos abyectos personajes merece ser destacado el rabino y después padre maestro fray Alonso de Espina. Estando el rey Enrique IV en Madrid, descansando de sus tareas, vino allí el maestro del Espina y fray Fernando de la Plaza, con otros religiosos de la observancia de San Francisco, a notificar al rey cómo en sus reinos avía grande herejía de algunos que judaizaban, guardando los ritos judaicos, y con nombre de cristianos, retajaban [‘circuncidaban’] sus hijos; suplicándole que mandase hacer inquisición sobre ello para que fuesen castigados. Sobre lo qual se hicieron algunos sermones, y en especial fray Fernando de la Plaza, que predicando dixo que él tenía prepucios de hijos de cristianos conversos…El rey les mandó llamar e les dixo que aquello de los retajados era grave insulto contra la fe católica, y que a él pertenescía castigarlo, e que traxese luego los prepucios y los nombres de aquellos que lo avían fecho…Fray Fernando le respondió que gelo avían depuesto personas de autoridad; el rey mandó que dixese quién eran las personas; denegó decillo, por manera que se halló ser mentira. Entonces vino allí fray Alonso de Oropesa, prior general de la orden de San Jerónimo, con algunos priores de su orden, e se opuso contra ellos, predicando delante del rey, por donde quedaron en alguna forma los observantes confusos.
Fray Alonso de Espina es autor del Fortalitium fidei, que terminó en 1458, y fue muy editado en el siglo XV y más tarde (1485, 1494, 1511, 1525); hay en él pasajes como el siguiente: «Creo que si se hiciera en este nuestro tiempo una verdadera inquisición, serían innumerables los entregados al fuego de cuantos realmente se hallaran que judaízan». Fray Alonso llegó a ser rector de la Universidad de Salamanca, y empleó lo más de su tiempo en predicar y escribir contra el pueblo hebreo. Su celo triunfó, y pudo gozar en su ancianidad de un puesto en el Consejo Supremo de la Inquisición, que al fin consiguieron instaurar éste y otros exjudíos, a fuerza de encender más la furia de los villanos y de martillear en los oídos de los reyes, junto a los cuales actuaban de malsines como cuando vivían en sus juderías.
Conocemos muy imperfectamente la actuación preinquisitorial de los tránsfugas de Israel, aunque es fácil representarse el ambiente de los monasterios de franciscanos y dominicos en el siglo XV. Ya he analizado en otra parte las luchas en pro y en contra de los conversos dentro de la Orden de San Jerónimo. De todo ello se desprende qué la Inquisición estuvo gestándose desde comienzos del siglo XV; el fermento de odio fue bien cultivado, entre otros, por don Pablo de Santa María y también por su contemporáneo Josué Lurquí (de Lorca), otro sabio rabino, que al convertirse tomó el nombre de Jerónimo de Santa Fe. Era, como don Pablo, gran amigo de Benedicto XIII, el antipapa Luna, organizador de la Conferencia de Tortosa, en 1413, en la que se enfrentaron teológicamente cristianismo y judaísmo. Asistieron a ella catorce rabinos, y aunque parezca cómico, lo cierto es que la voz de la Iglesia la llevó Jerónimo de Santa Fe, quien, con el Talmud en la mano, iba aniquilando todas las doctrinas de los hebreos. De los catorce rabinos, sólo dos, Rabí Ferrer y Rabí Joseph Albo, resistieron la argumentación demoledora de su excolega. Doce se hicieron cristianos, y pasaron así a engrosar la gran hueste de los futuros inquisidores. Las víctimas del terror se aliviarían de él aterrorizando a otros. Jerónimo de Santa Fe completó su tarea escribiendo el notorio libro Hebraeomastix (el azote de los hebreos), del cual dice Amador de los Ríos: «sólo obedeciendo a un intento exterminador pudieron imaginarse y escribirse las cosas en ese libro recogidas»
La forma insensata de la vida española durante la Edad Media comenzaba a rendir frutos de insensatez. El judío vivió como un pulpo sobre el villanaje -bravo en la pelea e inepto para lo demás-, y aliviando de sus cuidados a los grandes señores. Muy pocos entre éstos tenían conciencia de su responsabilidad, y lo pone de relieve un hecho que, de haber tenido imitadores, habría variado el curso de la historia. Merecido prestigio rodeaba en el siglo xv a la familia de los condes de Raro. Uno de ellos, don Pedro Fernández de Velasco, como en algunas villas suyas hubiese muchos judíos, e con los logros [‘la usura’] le pareciese aquello enprovecer [‘empobrecer’], mandó so graves penas ninguno fuese osado de dar a logro. E como algún tiempo esto durase, los vasallos se quejaron a él, diciendo que mucho mayor daño recibían en no fallar dineros a logro ni en otra manera, como ya [‘siendo así que’], no los fallando, les convenía vender sus ganados e lanas e pan [‘trigo’] e otras cosas adelantado; e por ende le suplicaban que diese libertad a quel logro se diese. El conde, queriendo en esto remediar, mandó poner tres arcas, en Medina de Fumar, y en Berrera, y en Villadiego, poniendo en cada una de ellas docientos mil maravedís, y en los alfolíes [‘trojes o paneras’] de cada una de estas villas, dos mil fanegas de trigo; mandando dar las llaves de lo ya dicho a cuatro regidores …mandándoles que cualquier vasallo suyo que menester hubiese dineros o pan, fasta en cierto número, dando prendas o fianzas, le fuese prestado por un año. Con lo cual conservó tanto los vecinos de aquellas villas, que todos vivieron fuera de necesidad. Cosa fue por cierto ésta de muy católico e prudente varón, y muy dina de memoria.
El conde de Haro fundó, sencillamente, el primer banco de crédito agrícola en España, e hizo la usura de los judíos tan innecesaria para los villanos como para los señores. En instituciones así radicaba la posibilidad de normalizar la economía pública, y de hacer de los hebreos elementos útiles y no indispensables -pulpos que ahogaban al pueblo y eran luego, a su vez, estrujados por el rey y sus nobles-. La solución inteligente del conde de Haro ( de la que no sé más por mi falta de fuentes históricas) quedó aislada, como un testimonio de la virtud nobiliaria en el siglo XV .
Eran privados, médicos y embajadores de los reyes; administradores de rentas y finanzas, comerciantes y artesanos; teólogos y escritores; obispos y cardenales como antes eran rabinos. Fueron conversos en el siglo XV dos obispos de Burgos, el de Coria y el cardenal de San Sixto, y muchos otros. Los había en los cabildos catedrales, lo mismo que en los conventos de frailes y de monjas. Entre tanto, los cristianos viejos y los nuevos venían a las manos en Andalucía y otras partes. Un gran aristócrata como don Alonso de Aguilar intentó atajar en su ciudad de Córdoba los desmanes contra los conversos, lo mismo que en 1391 el hijo del rey de Aragón trató en vano de imponer respeto a las turbas que asaltaban la judería de Valencia. Pero en Córdoba, «sin vergüenza e acatamiento de don Alonso comenzó el robo, y allí se hizo muy gran pelea, e fueron tiradas por los del pueblo muchas piedras a don Alonso, de tal manera que se ovo de retraer a la fortaleza» Poco después, en 1473, fue asesinado en Jaén el condestable Miguel Lucas de Iranzo por favorecer a los conversos. Tardó España muchos años en habituarse a respirar el aire enrarecido que le había legado la tradición judaica”
Américo Castro
Cuando la cosa se puso seria para los falsos conversos que no convenía molestar aparecieron curiosamente como protectores fray Hernando de Talavera (quien se había encargado anteriormente de la incautación de plata de las iglesias para ayuda de los Reyes Católicas en la guerra civil) o el cronista y secretario de la Reina, Hernando del Pulgar, ambos dos conversos, que denuncian lo que ellos consideran abusos del Santo Oficio.
De hecho Talavera estuvo a punto de ser él mismo víctima de estos procedimientos. En 1505, en efecto, el inquisidor de Córdoba, Lucero, detiene a amigos y allegados del arzobispo, en particular sus hermanas y su sobrino; se dispone a actuar contra el propio Talavera, cuando el inquisidor general, el descendiente de marranos Cisneros. Alertado, lo destituye.
La jerarquía conversa a su vez trata de contener la ira contra los judíos no convertidos legislando normas que limitan el pavoneo de estos. Así, en 1476, las Cortes de Madrigal prohíben vestidos de lujo para aquellos; en 1480 se recuperan textos de 1411 que apuntan a encerrar a los judíos en barrios reservados, las juderías.
Pese a las reticencias de las más altas autoridades del reino, empezando por los propios soberanos, la fuerza de los acontecimientos impone, no obstante que se llegué hasta el final, hasta la lógica conclusión de las medidas de 1476, 1478, 1480. Es el decreto de expulsión del 31 de marzo de 1942, firmado tras la toma de Granada; se invita a los judíos a escoger entre dos soluciones: o bien se convierten y pueden permanecer en su patria; o bien dejan el país cuando expire un plazo de cuatro meses.
Muchos optan por quedarse (como poco un tercio de los que eran), como aquellos Coronel de Segovia que tendrán como padrinos, el día de su bautismo a los Reyes Católicos en persona.
No era este el único converso cercano al poder. El judaico clero contaba con el ya nombrado descendiente de conversos Cisneros, arzobispo de Toledo que financió parte de la expedición a Orán.
He aquí unos párrafos escogidos de un tal Andrés Bernáldez-quién vivió en aquella época- sobre los judíos:
“ Y comúnmente por la mayor parte era gente logrera y de muchas artes y engaños, porque todos vivían de oficios holgados, y en comprar y vender no tenían conciencia para con los cristianos. Nunca quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los campos criando ganados, no lo enseñaban a sus hijos; salvo oficios de poblado, y de estar asentados ganando de comer con poco trabajo”
“Muchos dellos, en estos reinos, en pocos tiempos allegaron muy grandes caudales y haciendas, porque de logro y usura no hacían conciencia, diciendo que lo ganaban con sus enemigos, atándose al dicho que Dios mandó en la salida del pueblo de Israel robar a Egipto por arte y engaño, demandándoles prestado sus vasos y tazas de oro y plata. Y así tenían presunción de soberbia, que en el mundo no había mejor gente, ni más discreta ni aguda, ni más honrada que ellos, por ser del linaje de las tribus y medio de Israel. En cuanto podían adquirir honra, oficios reales, favores de reyes y señores, eran muy diligentes.”
“ Algunos se mezclaron con hijos e hijas de caballeros cristianos viejos con la sobre de riquezas, y halláronse bienaventurados por ello, poque por los casamientos que así hicieron quedaron en la Inquisición por buenos cristianos y con mucha honra.”
El inicio del imperialismo español
Como con otros imperios, el virus judío se instala en los puestos mas altos del poder y desde allí, sediento de mas poder aun, le da por querer dominar mas territorios sembrando el terror. De ese modo, se expulsa definitivamente al Islam, se erige en Italia como rival de Francia y se descubre un nuevo mundo que las generaciones siguientes conquistarán.
Con la toma de Granada, los Reyes Católicos sitúan al fraile converso Hernando de Talavera con el nuevo título de arzobispo de Granada. A el le corresponde el que los musulmanes abjuren de su religión. Le sigue otro converso, Cisneros, con un temperamento mas militante. Se muestra más enérgico con relación a los nuevos conversos musulmanes que conservan costumbres antiguas, toma sanciones y provoca una revuelta en el barrio de Albaicín, rápidamente reprimida por el conde de Tendilla, pero que va a tener consecuencias dramáticas: si por una parte precipita el movimiento de conversión( más de tres mil bautizos celebrados en una semana…);por otra, en cambio provoca el levantamiento de los moros de las Alpujarras, donde hay que enviar a toda prisa, una tropa aguerrida.
Instalados en Granada los reyes, en 1501 deciden acabar de una vez por todas: conversión o exilio, provocando una segunda revuelta, más sangrienta. Su epílogo de dará a principios del siglo XVII, cuando Felipe III tome la decisión de expulsar en masa a los últimos descendientes de los musulmanes en España.
El Nuevo Mundo
La conquista prologa históricamente la Reconquista. Acostumbrado el castellano en hacer fortuna saqueando a los infieles musulmanes, que mejor que nuevas tierras que conquistar, lo ilustra el poema del Cid: Los que fueron de pie, caballeros se hacen..
Así es como gracias a la judaica empresa del ''descubrimiento'' (financiado por el judío Luis de Santangel y llevada a cabo por el judío Cristobal Colón) se puede continuar con esta criminal dinámica; es el grito de Pizarro que cita Unamuno: Por aquí se va a Perú a ser ricos; por aquí se va a Panamá a ser pobres; escoja todo buen castellano lo que mejor le estuviere. El “buen castellano” no podría dudarlo: sacaría la espada en lugar de empujar el arado.

Sobre el judaísmo de Colón hay muchas pruebas, en este vídeo Jacques de Mahieu lo menciona.




En los primeros días de la colonización europea en México, criptojudíos conversos tanto de España como de Portugal llegaron al puerto mexicano de Veracruz y de ahí a la Ciudad de México (el revitalizado Tenochtitlán). En las colonias españolas existía un ambiente más relajado en lo concerniente a la Inquisición.



Muchos de los inmigrantes de Portugal eran judíos que anteriormente habían inmigrado a Portugal por causa de la expulsión judía de España de 1492. Sin embargo, un decreto similar pero posterior en Portugal fue hecho público en 1497, por lo cual muchos niños judíos fueron eficazmente convertidos, teniéndolos bajo la tutela del estado a menos que los padres también se convirtieran. Por lo tanto, numerosos emigrantes criptojudíos en las primeros días de la colonización mexicana eran técnicamente portugueses de primera a segunda generación con raíces españolas. El número de tales emigrantes portugueses era suficientemente importante como para que la etiqueta de “Portugués” fuera sinónimo de “Judío” en todas las colonias españolas. La inmigración a México ofreció posibilidades comerciales lucrativas en una colonia ya bien asentada con la cultura española naciente, contrapesada por una población grande no cristiana. Fue premeditada y planeada en gran parte que las actividades de la Inquisición serían más relajadas en las colonias, dado que los asentamientos humanos eran constituidos de forma predominantemente por gente indígena no cristiana.
Era tan grande el número de criptojudíos que arribaban a México durante el siglo XVI que funcionarios españoles se quejaron en documentos escritos enviados a España, de que la sociedad española en México era en forma preponderante judía.
Las primicias del siglo de Oro
Secundados los soberanos por el apoyo de la Corte y de los mecenas-grandes señores y prelados- se conduce al país a una renovación en profundidad de la vida cultural del país. Al lado de las universidades ya antiguas, como la de Salamanca, se fundan otras animadas por el nuevo espíritu, como la de Alcalá de Henares (de la que saldrán la mayoría de consejeros reales), creación del judaico arzobispo de Toledo, Cisneros. Este llegó a invitar a Erasmo, príncipe de los humanistas a colaborar en la empresa, siendo rechazada la invitación debido a que según Erasmo esta tierra estaba llenita de judíos.
Tampoco conllevaba nada bueno esta “culturización”. En 1492 aparece la gramática castellana de Nebrija: Arte de la lengua castellana. Él mismo aclaró su propósito ante la reina Isabel: se trata de hacer del castellano una lengua de cultura, como el latín, y una lengua de civilización; es lo que expone a la soberana al presentarle su obra: una nación en expansión debe disponer de una lengua capaz de trasmitir al mundo si ideal, su cultura, su estilo de vida; el latín contribuyó poderosamente a crecentar el prestigio y la autoridad del imperio romano; de igual forma, la España nueva necesita una lengua. Esta lengua, será el castellano que, desde finales del siglo XV, tiende a volverse español, relegando a un segundo plano las lenguas como el gallego, el catalán e incluso el portugués. Como decía Nebrija, la lengua y la cultura siguen de cerca al poder: siempre la lengua fue compañera del imperio.
Dejemos que vuelva a hablar Américo Castro:
“Muchas ilustres familias se habían mezclado durante la Edad Media con gente de raza judía, a causa de su rango, su fortuna y la frecuente belleza de sus mujeres. Antes del siglo XV nadie se escandalizó por ello, dejando a un lado que el lenguaje escrito no supiera aún expresar intimidades de esa índole. Mas en la época en que estamos, ya se escribe sueltamente sobre lo que encendía las pasiones, es decir, sobre el drama sin solución que desgarraba las dos razas enemigas, o más exactamente, dos castas de españoles. En poesías infamatorias como las Coplas del provincial y otras, se alude a la procedencia judía de ciertas personas; a ello replican algunos conversos, tan seguros de su distinción como de la plebeyez de sus impugnadores. Alguien remitió a don Lope Barrientos, obispo de Cuenca y partidario de los conversos, un alegato contra un Pedro Sarmiento y un bachiller Marcos García Mazarambrós, incitadores de los saqueos y asesinatos toledanos en 1449. Ante todo rechaza el autor el nombre de conversos, «porque son hijos e nietos de cristianos, e nacieron en la cristiandad, e no saben cosa alguna del judaísmo ni del rito de él». Los buenos conversos no deben pagar por los malos, como «no mataremos a los andaluces, porque cada día se van a tornar moros». Viene a continuación una larga reseña de nombres ilustres emparentados con quienes habían sido judíos, sin excluir a personas de sangre real: «Subiendo más alto, no es necesario de recontar los fijos e nietos e viznietos del noble caballero e de grande autoridad, el almirante don Alonso Henríquez, que de una parte desciende del rey don Alonso [XI] e del rey don Enrique [II] el Viejo, e de otras partes viene de este linaje». Añadamos que habiendo casado Juan II de Aragón, en segundas nupcias, con doña Juana Henríquez, hija del almirante de Castilla, su hijo Fernando el Católico, tuvo ascendencia judía por parte de madre.
En otros dos bien conocidos textos del siglo XVI se mencionan las familias con antecedentes judaicos. Uno es el Libro verde de Aragón, y otro El tizón de la nobleza de España, del cardenal Francisco Mendoza y Bobadilla, arzobispo de Burgos, en donde demuestra que no sólo sus parientes, los condes de Chinchón (acusados de poco limpia sangre), tenían antepasados hebreos, sino casi toda la aristocracia de aquella época. Si la vida española se hubiera desenvuelto en un ritmo de calma y armonía, la mezcla de cristianos y hebreos no habría originado conflicto alguno, porque España era desde el siglo VIII una contextura de tres pueblos y de tres creencias. El hebreo había sido dignificado tanto como el cristiano, pese a todas las prohibiciones, y los mismos reyes dieron a algunos de sus judíos el título de don, signo entonces de alta jerarquía nobiliaria. La mezcla de la sangre y el entrelace de las circunstancias crearon formas internas de vida, y el judío de calidad se sintió noble, a veces peleó en la hueste real contra el moro, y alzó templos como la sinagoga del Tránsito en Toledo, en cuyos muros campean las armas de León y Castilla. Recordemos que la mayor preeminencia que Rabí Arragel asignaba a los judíos castellanos (p. 476) era la del «linaje», el ser más nobles por la sangre que los judíos no españoles. El obispo de Burgos, don Pablo de Santa María ( que antes de su conversión era Rabí Salomón Haleví), compuso un discurso sobre el Origen y nobleza de su linaje. El sentimiento de hidalguía y distinción nobiliaria era común en el siglo XV a cristianos y judíos, y acompañó a éstos en su destierro. Dice Max Grünbaum: «Quien asista al oficio divino en la espléndida sinagoga portuguesa de Amsterdam, nota la diferencia entre los judíos alemanes y los españoles. La solemne y tranquila dignidad del culto, lo diferencia del de las sinagogas germano-holandesas. La misma “grandeza” española se encuentra en los libros hispano-judíos impresos en Amsterdam». Todavía hoy persiste en los hebreos de la diáspora hispánica ese sentimiento de superioridad, lo cual es inexplicable si no lo referimos a su horizonte anterior a 1492 -la creencia en el señorío de la persona, alma de la Castilla de antaño.
A través de aquella forma íntima de existir sigue el sefardí ligado vitalmente a sus adversarios y perseguidores de hace 450 años.
Pero ahora va a interesarnos más la influencia inversa, la acción que los judíos ejercieron sobre los cristianos. Ya se ha visto que sin aquéllos no era posible entender el nacimiento de la prosa docta en el siglo XIII. La literatura de los siglos XIV y XV también debe a la raza judía, entre muchas más, las obras de don Sem Tob(al parecer, tuvo también algún cargo en el reinado de Alfonso XI), don Alonso de Cartagena(nombrado deán de Santiago y de Segovia, nuncio apostólico, canónigo de Burgos en 1421, actuando ese año como Embajador en Portugal, sucesor al obispo de Burgos, por el papa Eugenio IV), Juan de Mena(iniciado en el séquito del judaico Torquemada,despues será secretario de Juan II, cargo que compatibilizó con su oficio de veinticuatro (regidor) de la ciudad de Córdoba. Un año más tarde el monarca le nombró cronista oficial del reino), Rodrigo de Cota(que escribió unos versos contra el converso Diego Arias de Ávila, contador mayor de los Reyes Católicos, por no haberle invitado a la boda de su hijo. Estos versos son de gran interés histórico por la descripción de las costumbres de los judíos españoles de la época) y Fernando de Rojas(autor de la Celestina. Su condición de converso influye en el argumento de su obra, que a decir de la mayoría de los críticos es obra de alguien de esta condición: se ha dicho que la ausencia de fe firme justificaría el pesimismo de La Celestina y la falta de esperanza patente en su dramático principio) : luego, Luis Vives(pijo sorbonero canciller del sanguinario rey Enrique VIII de Inglaterra, quien rompe con la Iglesia Católica), fray Luis de León(biógrafo de la chalada judía Santa Teresa de Jesus, la de los éxtasis) y Mateo Alemán(Ejerció como recaudador del subsidio de Sevilla y su arzobispado; en Madrid, le nombraron contador de resultas en la Contaduría Mayor de Cuentas. Desde 1573 residió en Sevilla, donde tenía diversos negocios según los documentos; en uno vende una esclava morisca, en otro, compra una capilla para la cofradía de los Nazarenos. Le encarcelaron por deudas en 1580 y pasó en la cárcel de Sevilla dos años y medio, donde aprovechó para asimilar las costumbres de la vida criminal que luego aparecerán en su famosa novela Guzmán de Alfarache. Aunque hizo información para viajar a las Indias, no llegó a hacerlo en ese momento. En 1593 viajó a Almadén como juez visitador para inspeccionar las famosas minas de mercurio arrendadas por el monarca a los banqueros alemanes Fugger o Fúcares) mostrarán la cicatriz de su ascendencia israelita. Pero más bien que sobre hechos tan notorios, desearíamos llamar la atención hacia ciertos aspectos del carácter hispano que se manifiestan con suma viveza desde fines del siglo XV. No se encuentra en los cristianos medievales la inquietud por lo que después se llamaría «limpieza de sangre». De haber existido, no habría sido posible la fuerte mixtura malignamente denunciada por El tizón de la nobleza, ni hubieran ocupado los judíos las situaciones eminentes en que los hemos encontrado en el mismo momento de su expulsión.
Quienes realmente sentían el escrúpulo de la limpieza de sangre eran los judíos. Gracias a las traducciones de A. A. Neuman conocemos las opiniones legales ( «responsa» ) de los tribunales rabínicos, lo cual permite descubrir su antes velada intimidad. Aparece ahí una inquietud puntillosa por la pureza familiar y el qué dirán, por los «cuidados de honor» tan característicos de la literatura del siglo XVll. El judío minoritario vivió a la defensiva frente al cristiano dominador, que lo incitaba o forzaba a conversiones en las que se desvanecía la personalidad de su casta. De ahí su exclusivismo religioso, que el cristiano no sentía antes de fines del siglo XV, si bien más tarde llegó a convertirse en una obsesión colectiva. Hemos visto cuán tolerante fue la justicia real con los judíos que blasfemaban de la religión cristiana, lenidad que sería ineficazmente candoroso atribuir a la «corrupción de los tiempos» -nunca incorruptos-. Para el cristiano medieval no fue problema de primera magnitud mantener incontaminadas su fe y su raza, sino vencer al moro y utilizar al judío. En todo caso, no podríamos encontrar a fines del siglo XIII o comienzos del XIV un documento cristiano concebido en estos términos:
Sepan cuantos vieren esta carta autorizada con mi firma, que ciertos testigos han comparecido ante mi maestro Rabí Isaac, presidente de la audiencia, y han hecho llegar a él el testimonio fiel y legal de personas ancianas y venerables. Según éstos, la familia de los hermanos David y Azriel es de limpia descendencia, sin tacha familiar; David y Azriel son dignos de enlazar matrimonialmente con las más honradas familias de Israel, dado que no ha habido en su ascendencia mezcla de sangre impura en los costados paterno, materno o colateral. Jacobo Issachar.”

Extraído de: http://mragallaecia.blogspot.com/2012/07/o-reis-judeu-catolicos.html

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