sábado, 1 de octubre de 2016

La Revolución Conservadora Alemana


Tras la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, las potencias vencedoras impsuieron el humillante Tratado de Versalles a Alemania, lo que se se convirtió en un elemento de tensión en la política interna alemana entre la derecha y los grupos nacionalistas —que rechazaban de plano todo el Tratado, siendo partidarios de su revocación—, y el centro liberal y los socialdemócratas —que trataban de suavizar la ''reacción''.

Ilustración que muestra al político alemán Philipp Scheidemann, quien ayudó a fundar la República de Weimar, apuñalando al ejército alemán por la espalda junto a Matthias Erzberger, político pacifista, firme opositor a las acciones del Káiser y firmante del armisticio del 11 de noviembre de 1918, con el que finalizó la guerra.




A todo este proceso se le designó el nombre de ''Revolución Conservadora''.


El Movimiento Revolucionario Conservador (Konservative Revolution en alemán) fue un movimiento del conservadurismo nacionalista alemán en los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial. La escuela de pensamiento revolucionario conservador abogó por un conservadurismo y nacionalismo "nuevo", que fuera específicamente alemán, o, más específicamente, prusiano. Al igual que otros movimientos conservadores en el mismo período, trataron de poner fin a la creciente marea del comunismo, proponiendo su propia versión de "socialismo conservador", basado en el “cristianismo aplicado” o “socialismo de estado” bismarckiano (ver Estado social).

Los revolucionarios conservadores basaron sus ideas sobre una concepción orgánica de la sociedad, en lugar de la materialista, en la calidad y no la cantidad, sobre el “Volksgemeinschaft” ("comunidad popular”- ver Völkisch) en lugar de lalucha de clases y la oclocracia. Los ideólogos de la escuela produjeron una profusión de literatura nacionalista radical que consistió en diarios y obras de ficción de guerra, periodismo político, manifiestos y tratados filosóficos esbozando sus ideas para la transformación de la vida cultural y política alemana. Influidos por las visiones de Oswald Spengler, se sienten indignados por el liberalismo; el igualitarismo y la cultura comercial de la civilización industrial, urbana, abogando consecuentemente por la destrucción de la democracia y el orden liberal, por la fuerza, si fuera necesario, por lo que algunos miembros de esta escuela apoyaban la creación de un Tercer Imperio Alemán -término que fue, junto a otros de la escuela, posteriormente utilizado por Hitler, ver Tercer Reich. El movimiento tuvo una gran influencia entre muchos de los jóvenes más talentosos de Alemania, sectores académicos, la aristocracia y sectores altos de las clases medias. (básicamente, la clase de los Junkers)

Los revolucionarios conservadores, muchos de ellos nacidos en la última década del siglo XIX, siendo básicamente formados por sus experiencias de la Primera Guerra Mundial. La guerra y la Revolución alemana de 1918-9 eran para ellos una ruptura con el pasado, que los dejó muy desilusionado. En primer lugar, la experiencia de los horrores de la guerra de trincheras, la suciedad, el hambre, la obliteración y reemplazo del heroísmo con el esfuerzo para mantenerse con vida en un campo de batalla de muertes al azar. Tuvieron también -después de la guerra- que entendérselas con el desempleo, sentimiento de derrota, acusaciones de atrocidades durante la guerra misma y la Dolchstoßlegende ("leyenda de la puñalada por la espalda", de acuerdo a la cual habían sido traicionados por sus mismos compatriotas). Llegan así a sentir que no había sentido en esa esa guerra, o en la vida misma, que ellos eran "como una marioneta que tiene que bailar para el entretenimiento de los espíritus demoníacos del mal". Atraídos por ideas nihilistas buscan recrear la “camaradería de soldados de primera línea”, dando así un sentido a su experiencias.

El término "Revolución Conservadora" es anterior a la Primera Guerra Mundial, pero la influencia de escritores tales como Ernst Von Salomon y Ernst Jünger y los teóricos políticos Carl Schmitt y Edgar Julius Jung fueron instrumentales en su transformación a un movimiento político reconocido durante la República de Weimar, expresándose a través de figuras del establecimiento político legal tales como Ernst Forsthoff, Kurt von Schleicher y Franz von Papen.

En el ámbito político administrativo, Ernst Forsthoff postula -a partir del comienzo de la República de Weimar- que la solución a los problemas alemanes está en una nueva forma de organizar al Estado, en la cual los individuos están subordinados ya sea al “Estado absoluto” o al “Volk”, bajo la dirección de un "Líder" o Führer.

Bajo la fórmula Revolución Conservadora acuñada por Armin Mohler (Die Konservative Revolution in Deutschland 1918-1932) se engloban una serie de corrientes de pensamiento contemporáneas del nacionalsocialismo, independientes del mismo, pero con evidentes conexiones filosóficas e ideológicas, cuyas figuras más destacadas son Oswald Spengler, Ernst Jünger, Carl Schmitt y Moeller van den Bruck, entre otros. La Nueva Derecha europea ha invertido intelectualmente gran parte de sus esfuerzos en la recuperación del pensamiento de estos autores, junto a otros como Martin Heidegger, Arnold Gehlen y Konrad Lorenz (por citar algunos de ellos), a través de una curiosa fórmula retrospectiva: se vuelve a los orígenes teóricos, dando un salto en el tiempo para evitar el “interregno fascista”, y se comienza de nuevo intentando reconstruir los fundamentos ideológicos del conservadurismo revolucionario sin caer en la “tentación totalitaria” y eludiendo cualquier “desviacionismo nacionalsocialista”.

Con todo, los conceptos de “revolución conservadora” y de “nueva derecha” no son, desde luego, construcciones terminológicas muy afortunadas. Por supuesto que la “revolución conservadora”, por más que les pese a los mal llamados “neconservadores” (sean del tipo Reagan, Bush, Thatcher, Sarkozy o Aznar), no tiene nada que ver con la “reacción conservadora” (una auténtica “contrarrevolución”) que éstos pretenden liderar frente al liberalismo progre, el comunismo posmoderno y el contraculturalismo de la izquierda. Pero la debilidad de la derecha clásica estriba en su inclinación al centrismo y a la socialdemocracia (“la seducción de la izquierda”), en un frustrado intento por cerrar el paso al socialismo, simpatizando, incluso, con los únicos valores posibles de sus adversarios (igualitarismo,universalismo, falso progresismo). Un grave error para los que no han comprendido jamás que la acción política es un aspecto más de una larvada guerra ideológica entre dos concepciones del mundo completamente antagónicas.

Con todo, los conceptos de “revolución conservadora” y de “nueva derecha” no son, desde luego, construcciones terminológicas muy afortunadas. Por supuesto que la “revolución conservadora”, por más que les pese a los mal llamados “neconservadores” (sean del tipo Reagan, Bush, Thatcher, Sarkozy o Aznar), no tiene nada que ver con la “reacción conservadora” (una auténtica “contrarrevolución”) que éstos pretenden liderar frente al liberalismo progre, el comunismo posmoderno y el contraculturalismo de la izquierda. Pero la debilidad de la derecha clásica estriba en su inclinación al centrismo y a lasocialdemocracia (“la seducción de la izquierda”), en un frustrado intento por cerrar el paso al socialismo, simpatizando, incluso, con los únicos valores posibles de sus adversarios (igualitarismo,universalismo, falso progresismo). Un grave error para los que no han comprendido jamás que la acción política es un aspecto más de una larvada guerra ideológica entre dos concepciones del mundo completamente antagónicas.















Por todo ello, queremos subrayar aquí que, con la denominación de “Nueva Derecha”, heredera directa de los autores de la "Revolución Conservadora", se hace referencia a un estilo ético y estético de pensamiento político dirigido al repudio de los dogmatismos, la formulación antiigualitaria, el doble rechazo de los modelos capitalista y comunista, la defensa de los particularismos étnicos y regionales, la consideración de Europa como unidad, la lucha contra la amenaza planetaria frente a la vida, la racionalización de la técnica, la primacía de los valores espirituales sobre los materiales. El eje central de la crítica al sistema político “occidental” lo constituye la denuncia del cristianismo dogmático, el liberalismo y el marxismo, como elementos niveladores e igualadores de una civilización europea, perdida y desarraigada, que busca, sin encontrarla, la salida al laberinto de la “identidad específica”.

En el núcleo de esta civilización europea destaca la existencia del “hombre europeo multidimensional”, tanto al nivel biológico, que en su concepción sociológica reafirma los valores innatos de la jerarquía y la territorialidad, como al específicamente humano, caracterizado por la cultura y la conciencia histórica. Constituye, en el fondo, una reivindicación de la “herencia” –tanto individual como comunitaria-, fenómeno conformador de la historia evolutiva del hombre y de los pueblos, que demuestra la caducidad de las ideologías de la nivelación y la actualidad de la rica diversidad de la condición humana. Un resumen incompleto y forzado por la tiranía del espacio digital, pero que sirve al objeto de efectuar comparaciones.

Para estos neconservadores, Estados Unidos aparece como la representación más perfecta de los valores de la libertad, la democracia y la felicidad fundada en el progreso material y en el regreso a la moral, siendo obligación de Europa el copiar este modelo triunfante. En definitiva, entre las ideologías popularizadas por los “neocons” (neoconservadores en la expresión vulgata de Irving Kristol) y los “recons” (revolucionarios-conservadores) existe un abismo insalvable. El tiempo dirá, como esperaban Jünger y Heidegger, cuál de las dos triunfa en el ámbito europeo de las ideas políticas. Entre tanto, seguiremos hablando de esta original “batalla de las ideologías” en futuras intervenciones.


Entre tanto, el “Neoconservadurismo” contrarrevolucionario, partiendo del pensamiento del judeo-alemán emigrado a norteamérica Leo Strauss, no es sino una especie de “reacción” frente a la pérdida de unos valores que tienen fecha de caducidad (precisamente los suyos, propios de la burguesía angloamericana mercantilista e imperialista). Sus principios son el universalismo ideal y humanitario, el capitalismo salvaje, el tradicionalismo académico, el burocratismo totalitario y el imperialismo agresivo contra los fundamentalismos terroristas “anti-occidentales”.


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