lunes, 25 de julio de 2016

LA REVOLUCIÓN MUNDIAL DE COLOR por OSWALD SPENGLER (AÑOS DECISIVOS, 1933).

Oswald Spengler.


Activista de ''Black Lives Matter'', un movimiento neomarxista financiado por el multimillonario sionista Soros que protesta por la muerte de afroamericanos a manos de la policía, pero se olvida mencionar que en un 97% de los casos (en las que asesinan personas de color) el asesino es otro negro tal como expresan las estadísticas del crimen estadounidense del 2015.

Las dos revoluciones: lucha de clases y lucha de razas.



La civilización occidental de este siglo está amenazada no ya por una, sino por dos revoluciones mundiales de primera magnitud. Ninguna de ambas ha sido aún estimada en su verdadero alcance, profundidad y efectos. Una de ellas viene de abajo y la otra desde afuera: lucha de clases y lucha de razas. A la primera ya la hemos dejado atrás en gran parte, aunque sus batallas decisivas – acaso en la zona angloamericana – estén aún, probablemente, por librarse. La segunda empezó decididamente recién con la guerra mundial y va adquiriendo tendencia y silueta con gran rapidez. En las próximas décadas ambas combatirán lado a lado, quizá como aliadas, y ésta será la crisis más grave que los pueblos blancos – de acuerdo o en desacuerdo –  tendrán que atravesar en común si todavía quieren tener un futuro.



También la «revolución desde afuera» se ha alzado contra todas y cada una de las culturas anteriores. Ha surgido siempre del odio reconcentrado que la superioridad inatacable de un grupo de naciones cultas – basada en formas y medios políticos, militares, económicos e intelectuales que han llegado a la altura de la maduración – provocó a su alrededor entre los «salvajes» o «bárbaros», entre los explotados carentes de derechos. Este estilo colonial no le ha faltado a ninguna alta cultura. Pero ese odio no impidió el secreto desprecio por el estilo de vida extraño que fue conociéndose paulatinamente, que fue develado bajo una mirada burlona y, finalmente, terminó circunscripta en cuanto a los límites de su influencia. Los colonizados vieron que había muchas cosas que podían ser imitadas y otras que podían ser convertidas en inocuas, o bien que no poseían la fuerza que al principio se les habían atribuido en medio de la parálisis y el espanto. Presenciaron las guerras y las revoluciones que surgieron en el interior del mundo de estos pueblos de Señores y, a través de su utilización inevitable, fueron iniciados en los secretos de las armas, la economía y la diplomacia. Al final, terminaron dudando de la superioridad real de los extranjeros y, en cuanto sintieron decaer su decisión de dominar, empezaron a pensar en la posibilidad de atacarlos y vencerlos. Así sucedió en la China del siglo III AC, cuando los pueblos bárbaros del norte y oeste del Hoangho y al sur del Yangtsekiang fueron arrastrados a la lucha de las grandes potencias. Lo mismo pasó en el mundo árabe de la época de los abasidas cuando las estirpes turco-mongoles pasaron de mercenarios a Señores y sucedió, sobre todo, en la antigüedad grecorromana dónde podemos ver con toda precisión acontecimientos absolutamente semejantes a aquellos hacia los que avanzamos de modo irrevocable.

Los ataques de los bárbaros contra el mundo antiguo comienzan el año 300 AC con las expediciones celtas contra Italia, donde en la batalla decisiva de Sentium (295 AC) hubo tribus galas que apoyaron a los etruscos y a los samnitas contra Roma. Todavía Aníbal se sirvió de ellas con éxito. Alrededor del año 280 AC otros celtas conquistaron Macedonia y el norte de Grecia dónde, a consecuencia de las luchas políticas internas, todo poder estatal había cesado de existir. Estos celtas pudieron ser detenidos sólo ante Delfos. En Tracia y en Asia Menor fundaron reinos bárbaros sobre una población helenizada y en parte helénica. Algo más tarde comienza también en Oriente, en el desmoronado imperio de Alejandro Magno, la reacción bárbara, con innumerables alzamientos contra la cultura helénica, que se ve forzada a ceder el terreno paso a paso, hasta que hacia el año 100 AC Mitrídates, aliado con «salvajes» de la Rusia meridional (escitas y bastarnos) y contando con el avance cada vez más vigoroso de los partos de Ostiran contra Siria, pudo ya tener la esperanza de destruir al Estado romano, inmerso en el caos de las luchas de clases. Pudo ser detenido recién en Grecia. Atenas y otras ciudades se le habían unido, y también algunas tribus celtas asentadas todavía en Macedonia. En los ejércitos romanos reinaba una revolución manifiesta. Las distintas partes combatían unas contra otras y los jefes se asesinaban unos a otros, incluso ante el enemigo (Fimbria). Por entonces, el ejército romano dejó de ser un ejército nacional y se transformó en el séquito personal de ciertos individuos. Las tropas que Aníbal condujo en el año 218 AC contra Roma no fueron cartaginesas en realidad sino compuestas predominantemente por gentes de las tribus salvajes del Atlas y del sur de España contra las cuales Roma tuvo que librar luego, desde el año 146 AC en adelante, terribles e interminables luchas. Las pérdidas sufridas en estas guerras fueron las que condujeron al alzamiento de los campesinos romanos en las revueltas de la época de los Gracos y con quienes más tarde el romano Sertorio intentó fundar un Estado contra Roma. En 113 AC se inició el ataque celto-germánico de los cimbros y los teutones, que sólo luego del aniquilamiento de ejércitos romanos enteros pudo ser rechazado por Mario, el caudillo de la revolución, a su retorno de la campaña victoriosa contra Yugurta, quien había alzado en armas el África septentrional contra Roma e impedido, durante años enteros, toda acción en su contra sobornando a los políticos romanos. Hacia el año 60 AC comenzó un segundo movimiento celto-germánico (suevos, helvecios) contrarrestado por César con la conquista de las Galias, mientras Craso caía simultáneamente peleando contra los partos victoriosos. Pero en este punto terminó la resistencia por medio de la expansión. El plan de César de reconquistar el imperio de Alejandro y suprimir así el peligro parto no llegó a realizarse. Tiberio tuvo que retraer la frontera hasta Germania, después de no haber podido sustituir las tropas exterminadas durante la batalla del bosque de Teutoburgo y luego de la primera gran rebelión de las legiones fronterizas que ocurrió luego de la muerte de Augusto. Desde entonces reinó un sistema defensivo. Pero el ejército fue llenándose cada vez más de elementos bárbaros. Se convirtió en un poder independiente. Germanos, ilirios, africanos y árabes tomaron el liderazgo mientras los hombres del Imperio se hundían en la inercia de una «paz eterna» y cuando comenzaron, por el norte y el este, los grandes ataques, no fue tan sólo la población civil la que concertó acuerdos con los invasores y aceptó voluntariamente una relación de acatamiento a ellos. Fue el pacifismo tardío de una civilización cansada.

Pero de todos modos, durante siglos enteros fue posible mantener una defensa metódica contra estas circunstancias, porque el orbis terrarum del Imperio romano era un dominio cerrado, con fronteras que podían ser defendidas. Mucho más grave es la situación actual del imperium de los pueblos blancos que abarca toda la superficie de la tierra e incluye a los pueblos «de color». La humanidad blanca, llevada por su indómito impulso hacia la lejanía infinita, se ha dispersado por todas partes, por Norteamérica y Sudamérica, por el África del Sur, por Australia y por innumerables puntos de apoyo intermedios. El peligro amarillo, cobrizo, negro y rojo acecha dentro de la esfera de poder de los blancos, penetra en los conflictos bélicos y revolucionarios que se producen entre las potencias blancas, participa en ellos y amenaza con tomar finalmente en sus manos el poder de decisión.

¿Qué es lo que pertenece al mundo «de color»? No sólo África, los indios – junto con negros y mulatos – de toda la América, los pueblos islámicos, China y la India hasta Java, sino sobre todo Japón y Rusia, que ha vuelto a ser una gran potencia asiática «mongol». Cuando los japoneses vencieron a Rusia, brilló una esperanza sobre todo el Asia: un joven Estado asiático, usando medios occidentales, había puesto de rodillas a la mayor potencia de Occidente destruyendo así el halo de imbatibilidad que rodeaba a «Europa». Esto actuó cómo una señal para la India, para Turquía, e incluso para el Cabo y el Sahara. Así que era posible hacerle pagar a los pueblos blancos los sufrimientos y las humillaciones de todo un siglo. Desde entonces, la profunda astucia de los hombres asiáticos está pensando en medios que son inaccesibles y superiores al pensamiento europeo occidental. Y Rusia, después de sufrir en 1916 una segunda derrota decisiva, infligida esta vez por Occidente y contemplada con burlona satisfacción por su aliada Inglaterra, arrojó su máscara «blanca» y volvió a ser asiática con toda su alma llena de ardiente odio contra Europa. Conocedora de las debilidades internas de Europa, edificó sobre ellas nuevos y ladinos métodos de combate con los que difundió entre toda la población «de color» del mundo la idea de una resistencia en común. Junto con la victoria del socialismo obrero sobre la sociedad de los pueblos blancos, ésta fue la segunda real consecuencia de la guerra mundial, una guerra que no ha facilitado la comprensión de ninguno de los verdaderos problemas de la gran política, ni ha resuelto ninguno tampoco. Esta guerra fue una derrota de las razas blancas y la paz de 1918 fue el primer gran triunfo del mundo de color. Es todo un signo que, en la «Sociedad de las Naciones» ginebrina – que no es más que el símbolo miserable de asuntos ignominiosos – al mundo de color le esté permitido intervenir en las controversias que los Estados blancos sostienen entre sí.

El hecho de que los alemanes establecidos en el extranjero fuesen maltratados por gentes de color por orden de franceses o ingleses no fue un hecho que sorprendiese por su novedad. Este método comienza con la revolución liberal del siglo XVIII. En 1775, los ingleses reclutaron tribus enteras de indios pieles rojas que cayeron, incendiando y arrancando cabelleras, sobre los republicanos americanos. Y no debería olvidarse la forma en que los jacobinos movilizaron a los negros de Haití en favor de los «derechos humanos». 


Pero el hecho que hombres de color de todo el mundo fueran masivamente llevados a tierra europea para luchar en ella bajo el mando de hombres blancos y contra hombres blancos; que a estos hombres de color se les hayan enseñado los secretos y los límites de eficacia de los elementos bélicos más modernos y que fueran luego devueltos a sus hogares creyendo haber vencido a potencias blancas, todo esto ha transformado fundamentalmente la concepción de la distribución del poder sobre la tierra que estas personas tenían. Sintieron su fuerza común y la debilidad de los otros; comenzaron a despreciar a los blancos como otrora Yugurta despreció a la poderosa Roma. No fue Alemania; fue Occidente el que perdió la guerra mundial al perder el respeto de los hombres de color.



Moscú ha sido el primero en comprender el alcance de este desplazamiento del centro de gravedad político. En Europa occidental no se lo ha comprendido hasta el día de hoy. Los pueblos señoriales blancos han perdido su jerarquía anterior. Negocian hoy allí en dónde ayer mandaban, y mañana tendrán que adular para poder negociar. Han perdido la conciencia de la obviedad de su poder y ni siquiera se dan cuenta. En la «revolución desde fuera» le han cedido la capacidad de elegir el momento a América, y sobre todo al Asia cuyas fronteras son hoy el Vístula y los Cárpatos. Por primera vez desde el sitio de Viena por los turcos están otra vez obligados a ponerse a la defensiva, y tendrán que poner en manos de hombres muy grandes fuerzas muy grandes, tanto espirituales como militares, si quieren resistir el primer tremendo ataque que no se hará esperar por mucho tiempo.

En Rusia, ambas revoluciones, la blanca y la de color, estallaron simultáneamente en 1917. La primera, amorfa y urbana, del socialismo obrero con su credo occidental en partidos y programas, hecha por literatos, proletarios universitarios y agitadores nihilistas del cuño de Bakunin conjuntamente con la escoria de las grandes ciudades; retórica y literaria de cabo a rabo; pasó a cuchillo a la sociedad de Pedro el Grande que había sido mayoritariamente de origen occidental y puso en escena un ruidoso «culto al trabajador». La tecnología de la maquinaria, tan ajena al alma rusa y tan odiada por ella, de repente pasó a ser una divinidad y a constituir el sentido de la vida. Pero por debajo, de un modo lento, tenaz, silencioso y con grandes posibilidades de futuro, comenzó la otra revolución del mujik, la de las aldeas, es decir: el verdadero bolchevismo asiático. Su primera expresión fue la eterna avidez de tierras del campesino que arrancó del frente a los soldados para participar en el gran reparto de tierras. El socialismo obrero no tardó en advertir el peligro. Después de una alianza inicial – con el odio al campesino de todos los partidos urbanos, sean liberales o socialistas – comenzó la lucha contra este elemento conservador que ha sobrevivido siempre a lo largo de la historia a todas las construcciones políticas, sociales y económicas de las ciudades. El socialismo obrero expropió al campesino, volvió a introducir la servidumbre y la prestación personal, suprimidas por Alejandro II en 1862 y, con una administración hostil y burocrática de la agricultura (todo socialismo que pasa de la teoría a la práctica se ahoga muy pronto en la burocracia) consiguió que hoy en día los campos estén abandonados, la riqueza ganadera haya quedado reducida a una fracción de lo que fue y el hambre al estilo asiático se haya convertido en un estado permanente que sólo tolera una raza de voluntad débil nacida para una existencia de esclavos.

Pero el bolchevismo «blanco» ha entrado aquí rápidamente en vías de desaparición. Sólo hacia fuera se mantiene todavía el rostro marxista para desencadenar y dirigir en el Asia meridional, en África y en América la rebelión contra las potencias blancas. Una nuevo estrato asiático de gobernantes ha relevado al semi-occidental estrato anterior. Habita de nuevo en las mansiones y en los palacios de los alrededores de Moscú; tiene servidumbre y se atreve ya a desplegar un lujo bárbaro con el gusto de los khanes mongoles del siglo XIV, repletos de botín. Hay una «riqueza» de formas nuevas que puede ser parafraseada con conceptos proletarios.

La revolución volverá a la propiedad campesina, incluso a la propiedad privada en absoluto – lo cual no excluye la servidumbre – y podrá hacerlo porque el que tiene el poder es el ejército y ya no el «partido» civil. El soldado es la única persona que no pasa hambre en Rusia, y él sabe por qué y por cuánto tiempo. Este poder es inatacable desde fuera a causa de la extensión geográfica de la nación, pero significa un ataque por sí mismo. Tiene mercenarios y aliados en todo el mundo, disfrazados al igual que él. Su arma más fuerte es la nueva diplomacia revolucionaria, auténticamente asiática, que actúa en vez de negociar, y actúa desde abajo y por detrás con la propaganda, el asesinato y la rebelión, siendo con ello muy superior a la gran diplomacia de las naciones blancas que todavía no ha perdido del todo – a pesar de los abogados y los periodistas metidos a políticos – su antiguo estilo aristocrático que proviene de El Escorial y de la cual Bismarck fue el último gran maestro.



Rusia es la dueña de Asia. Rusia es Asia. El Japón pertenece a ella sólo por la geografía. Por su «raza» está indudablemente más cerca de los malayos más orientales, de los polinesios y de algunos pueblos indios del lado occidental de América. Pero Japón es en el mar lo que Rusia es en tierra: dueño de un extenso dominio, en el que las potencias occidentales no significan ya nada. Inglaterra no es, ni lejos, dueña en el mismo grado de «su» Empire, ni siquiera de las colonias de color. El Japón extiende su influencia muy lejos. La tiene en el Perú y en el canal de Panamá. El pretendido parentesco de sangre entre japoneses y mejicanos ha sido acentuado y festejado ocasionalmente por ambas partes. En Méjico surgió a principios de 1914 en los círculos indios dirigentes del «Plan de San Diego», que consistía en la invasión por parte de un ejército de indios, negros y japoneses en los Estados de Tejas y Arizona. La población blanca debía ser masacrada, los Estados negros serían declarados independientes y un Méjico más grande se constituiría en Estado de pura raza india. Si este plan hubiera sido llevado a cabo, la guerra mundial habría comenzado con una distribución completamente distinta de las potencias y sobre la base de otros problemas. La doctrina Monroe bajo la forma del imperialismo del dólar, con su amenaza contra América Latina, habría quedado destruida.

Rusia y Japón son hoy las únicas potencias activas del mundo. Por ellas ha llegado a ser Asia el elemento decisivo del acontecer mundial. Las potencias blancas obran bajo su presión, y ni siquiera lo advierten.

Esta presión consiste en la actividad de la revolución racista de color que se sirve ya de la revolución blanca de la lucha de clases como medio. Del trasfondo de la catástrofe económica ya hemos hablado. Una vez que la revolución desde abajo, bajo la forma del socialismo obrero, abrió la brecha con los salarios políticos, la economía de color intervino, guiada por Rusia y Japón, con el arma de los salarios más bajos y está en vías de completar la destrucción. Pero a esto hay que agregar todavía la propaganda sociopolítica en gran escala, la verdadera diplomacia asiática de nuestros días. La misma ha penetrado por completo a toda la India y a toda la China, y ha conseguido en Java y en Sumatra la constitución de un frente racial contra los holandeses y la descomposición del ejército y la marina. Corteja desde el Asia oriental a la raza india, asentada desde Méjico hasta Chile, e infunde por primera vez a los negros un sentimiento comunitario orientado contra los pueblos señoriales blancos.

También aquí la revolución blanca ha venido preparando el terreno a la de color desde 1770. La literatura inglesa liberal de Mill y Spencer, cuyos razonamientos intelectuales se remontan hasta el siglo XVIII, le está suministrando la «cosmovisión » a las escuelas superiores de la India. El camino que desde este punto lleva a Marx lo encuentran ya los hindúes reformistas por sí solos. El caudillo revolucionario chino Sun-Yat-Sen lo encontró en América. De ello ha surgido una literatura revolucionaria propia que, en cuanto a radicalismo, deja muy en la sombra a Marx y a Borodin.

El movimiento de independencia de la América española desde Bolívar (1811) es inconcebible sin la literatura revolucionaria anglo-francesa de 1770 – más el ejemplo de Napoleón – como también lo es el de Norteamérica contra Inglaterra. En su origen, ésta fue una lucha exclusivamente entre blancos; entre la aristocracia criolla terrateniente, asentada desde generaciones atrás en el país, y la burocracia española, que mantenía en pie la relación señorial colonial. Bolívar, un blanco de pura sangre como Miranda y San Martín, tenía el proyecto de fundar una monarquía que habría de ser sostenida por una oligarquía puramente blanca.

Todavía Rosas, el dictador argentino – una poderosa figura de estilo «prusiano» – representó esta aristocracia contra el jacobinismo que se extendió muy pronto desde Méjico hasta el extremo Sur encontrando apoyo en los clubes masones enemigos de la Iglesia y exigiendo la igualdad general, incluso el de las razas. Con ello empezó el movimiento de los indios y los mestizos, no sólo contra España, sino contra la sangre, blanca en absoluto. Este movimiento ha progresado en forma constante y se halla hoy cerca de la meta. Ya Alejandro de Humboldt había observado en estos dominios el orgullo de un origen puramente ibérico y aún hoy pervive en las familias distinguidas de Chile la tradición de descender de antepasados visigodos o vascos. Pero en la anarquía que se hizo cada vez mayor desde mediados del siglo XIX, esta aristocracia, o bien sucumbió en su mayor parte, o bien regresó a Europa. Los «caudillos», guerreros demagogos de la población de color, rigen la política. Entre ellos hay indios de pura sangre, de grandes dotes, como Juárez y Porfirio Díaz. Hoy, a excepción de la Argentina, la clase superior blanca, o la que se tiene por tal, oscila entre una cuarta y una décima parte de la población total. En algunos Estados, los médicos, los abogados e incluso los oficiales son casi exclusivamente indios y se sienten afines al proletariado mestizo de las ciudades en su odio a la propiedad blanca, hállese ésta en manos criollas, inglesas o norteamericanas. En el Perú, Bolivia y el Ecuador el aimará se usa como segunda lengua en la administración y en la enseñanza. Se dedica un culto manifiesto al supuesto comunismo de los incas, con el entusiasta apoyo de Moscú. El ideal racial de un régimen indio puro está quizá muy próximo a verse realizado.

En África es el misionero cristiano, sobre todo el metodista inglés, el que con total inocencia – con su doctrina de la igualdad de todos los hombres ante Dios y del pecado de ser rico – ara la tierra en la cual siembra y cosecha el mensajero bolchevique. Además, partiendo del norte y del este, avanzando actualmente ya hacia el Sambesi (Nyassaland), el misionero islámico sigue sus huellas con mucho mayor éxito. Donde ayer había una escuela cristiana mañana habrá una choza-mezquita. El espíritu guerrero y viril de esta religión es más comprensible para el negro que la doctrina de la piedad y la compasión, que sólo le quita todo respeto por el blanco; y sobre todo le resulta sospechoso el sacerdote cristiano porque representa a un pueblo señorial blanco contra el cual se dirige, con astuta determinación, la propaganda islámica, que es más política que dogmática. Esta revolución integral «de color» en todo el mundo avanza con muy diversas tendencias, nacionales, económicas y sociales. Se dirige tanto contra los gobiernos blancos de los imperios coloniales (India) o los del propio país (El Cabo), como contra una clase superior blanca (Chile); contra el poder de la libra o del dólar, contra una economía extranjera en absoluto, o contra el mundo financiero propio porque hace negocios con los blancos (China), o contra la aristocracia o la monarquía propias. A esto se agregan factores religiosos: el odio al cristianismo, o a toda especie de sacerdocio y de ortodoxia, a los usos y costumbres, a la cosmovisión y a la moral. Pero en el fondo, desde la revolución de los taipings en China, el alzamiento cipayo en la India y el de los mejicanos contra el emperador Maximiliano, hay una sola y misma cosa: el odio a la raza blanca y la decidida voluntad de aniquilarla. No importa si civilizaciones antiquísimas y cansadas, como la india y la china, sean capaces, o no, de mantener el orden sin un régimen extranjero; lo que importa es si están en condiciones de sacudirse el yugo blanco, y éste es el caso. La cuestión de cual de los pueblos de color ha de ser el próximo Señor, si Rusia o Japón – o un gran aventurero de cualquier origen con un montón de ejércitos tras de sí – es algo que se resolverá más tarde, o no se resolverá. La antigua civilización egipcia cambió muchas veces de dueño desde el año 100 AC. Pasó por los libios, los asirios, los persas, los griegos y los romanos. No fue ya nunca capaz de gobernarse a sí misma, pero constantemente fue capaz de producir un alzamiento victorioso. Y si de los muchos otros objetivos hay sólo uno que se concretará o que puede ser concretado, eso es algo que por el momento resulta totalmente secundario. La gran cuestión histórica es la de si se conseguirá, o no, derrocar a las potencias blancas. Y sobre esto se ha formado una grave unidad de decisión que da mucho que pensar. ¿Qué posee el mundo blanco, en materia de fuerzas de resistencia espirituales y materiales, para enfrentar este peligro?

El cansancio de los pueblos blancos: esterilidad


Muy pocas, según parece a primera vista. También sus pueblos se han cansado de la cultura. En el fuego de la alta forma y en la lucha por la perfección interior se ha consumido la sustancia espiritual. En muchos casos sólo queda ya el rescoldo y con frecuencia sólo cenizas, pero hay casos en que esto no es así. Cuanto menos ha sido un pueblo arrastrado al torbellino de la historia pasada para desempeñar un papel dirigente, tanto más ha conservado un caos que puede llegar a convertirse en forma. Y cuando la tempestad de las grandes decisiones se desata sobre él, como en 1914, las chispas ocultas se alzan de pronto en llamas. Precisamente en la raza germánica, la de más fuerte voluntad que jamás haya existido, duermen todavía grandes posibilidades.

Pero cuando aquí hablamos de raza no es en el sentido que hoy está de moda entre los antisemitas de Europa y América, esto es, en un sentido darwinista, materialista. Pureza racial es un término grotesco considerando el hecho que desde hace milenios todas las estirpes y especies se han mezclado, y que precisamente las estirpes guerreras, es decir: sanas y promisorias, han incorporado favorablemente extranjero cuando éste era «de raza», cualquiera fuese la raza a la que haya pertenecido. El que habla demasiado de raza es porque ya no tiene ninguna. Lo que importa no es la raza pura, sino la raza fuerte que un pueblo posee.
Esto se hace visible ante todo algo evidente y elemental como es la fertilidad, la proliferación de hijos que la vida histórica puede gastar sin agotarla jamás. Según la conocida frase de Federico el Grande, Dios está siempre con los batallones más fuertes, y eso es lo que se verifica justamente en este caso. Las millones de víctimas de la guerra mundial fueron, racialmente, lo mejor de los pueblos blancos; pero la raza se demuestra por la rapidez con la que pueden ser reemplazadas. Un ruso me dijo una vez: «Lo que hemos sacrificado a la revolución lo compensará la mujer rusa en diez años.» Éste es el instinto correcto. Razas como ésa son imparables. La trivial doctrina de Malthus, que ensalza la esterilidad como si fuese un progreso y que se predica hoy en todos los países blancos, demuestra tan sólo que estos intelectuales carecen de raza, para no mencionar la tontería que supone creer que las crisis económicas pueden ser suprimidas con una disminución de la población. Los «batallones fuertes», sin los cuales no hay gran política, otorgan también a la vida económica protección, fuerza y riqueza interior.

La mujer de raza no quiere ser «compañera» o «amante», sino madre; y no madre de un solo hijo como juguete y entretenimiento, sino de muchos. El instinto de las razas fuertes habla a través del orgullo por la abundancia de hijos, a través del sentimiento que la esterilidad es la maldición más dura que puede caer sobre una mujer y, a través de ella, sobre su estirpe. De este instinto proceden los celos ancestrales con los que una mujer intenta quitarle su hombre a otra para tenerlo como padre de sus hijos. Los celos ya más espiritualizados de las megalópolis, que son apenas algo más que apetito erótico y que estiman a la otra parte como medio de placer, así como la mera reflexión sobre el número de hijos deseado, o temido, delatan ya la extinción del instinto de perduración de la raza; un instinto que ya no puede ser despertado con discursos y escritos. El matrimonio ancestral – o lo que la antigua tradición popular conoce como costumbre profundamente arraigada para hacer de la procreación algo sagrado – no es para nada sentimental. El hombre quiere tener hijos capaces que en el futuro continúen y hagan crecer su nombre y sus logros más allá de su propia muerte, así como él mismo se siente heredero de la fama y de las acciones de sus antepasados. Ésta es la idea nórdica de la inmortalidad y estos pueblos jamás conocieron otra. Sobre esta idea descansa su inmenso anhelo de fama; el deseo de realizar una obra y perdurar en ella entre las generaciones futuras; de ver su nombre perpetuado en el mármol de una estatua o, al menos, de quedar honrosamente en la memoria de los descendientes. Por eso la idea de la herencia es inseparable del matrimonio germánico. Cuando decae la idea de la propiedad, el sentido de la familia se disuelve en la nada. El que impugna la primera, ataca también a la. segunda. La idea de la herencia, que está adherida a la existencia de toda propiedad agraria, a todo taller, a toda antigua firma comercial, a las profesiones heredadas de padres a hijos, y que ha encontrado su mas alta expresión simbólica en la monarquía hereditaria, garantiza la fortaleza del instinto racial. El socialismo no sólo lo ataca; su mera existencia ya es un síntoma de la decadencia de ese instinto.



Pero la disolución de la familia blanca, una manifestación inevitable de la vida en las grandes urbes, se propaga y devora la «raza» de las naciones. El significado del hombre y la mujer, la voluntad de perdurar, se va perdiendo. Las personas ya no viven más que para sí mismas y no para el futuro de las generaciones. La nación como sociedad, originalmente un tejido orgánico de familias, amenaza con disolverse en una suma de átomos particulares de los cuales cada uno pretende extraer de su vida y de las ajenas la mayor cantidad posible de placer – de panem et circenses. La emancipación femenina de la época de Ibsen no quiere liberarse del hombre, sino del hijo, de la carga de los hijos, y la emancipación masculina de la misma época rechaza, a su vez, los deberes para con la familia, la nación y el Estado. Toda la literatura liberal-socialista sobre este problema gira en torno de este suicidio de la raza blanca. En todas las demás civilizaciones sucedió lo mismo.

Las consecuencias están a la vista. Las razas de color del mundo fueron hasta ahora dos veces más numerosas que las blancas. Pero alrededor de 1930 Rusia ha tenido un exceso de nacimientos de dos millones anuales y el Japón de cuatro; y la población de la India ha aumentado en 34 millones de 1921 a 1931. En África, los negros, con su enorme fecundidad, se multiplicarán más intensamente todavía ahora que la medicina europea ha «irrumpido» en su área e impide la selección a través de las enfermedades. Frente a esto, en Alemania a Italia los nacimientos superan a las muertes en menos de medio millón. En Inglaterra, el país en que se recomienda públicamente la limitación del número de hijos, dicho exceso no llega al cuarto de millón. Ya los nacimientos no superan a los fallecimientos en Francia ni en la población yankee de antigua raigambre en los Estados Unidos. Allí, la «raza» de cuño germánico hasta ahora dominante está en vías de rápida desaparición desde hace algunos decenios. El incremento de población corresponde en su totalidad a los negros y a los europeos del Sur y del Este inmigrados desde 1900. En Francia hay departamentos que en cincuenta años han perdido un tercio de su población. En algunos, el número de nacimientos es un 50% menor que el de los fallecimientos. Algunas pequeñas ciudades y muchas aldeas están casi desiertas. Procedentes del Sur inmigran catalanes e italianos que se dedican a la agricultura, y por todas partes ya hay polacos y negros que penetran incluso en la clase media. Hay sacerdotes, oficiales y jueces negros. Estos inmigrantes, que constituyen por lejos más de una décima parte de la población total, son los que mantienen con su fecundidad aproximadamente constante el número total de «franceses». Pero en un período de tiempo ya calculable el francés auténtico dejará de ser el dueño en Francia. El incremento aparente de la población blanca en toda la tierra, por pequeño que sea en comparación con el de la población de color, se debe a un engaño pasajero: el número de hijos es cada vez menor y sólo aumenta el número de adultos, no porque éstos sean más sino porque viven más tiempo.

Pero una raza fuerte necesita no sólo un número inagotable de nacimientos, sino también una dura selección por las dificultades de la vida: la desgracia; la enfermedad y la guerra. La medicina del siglo XIX, un auténtico producto del racionalismo, es también, desde este punto de vista, un fenómeno senil. Prolonga toda vida; ya sea que merezca, o no, ser vivida. Prolonga incluso la muerte. Sustituye el número de niños por el número de ancianos. Favorece la cosmovisión del panem el circenses, al medir el valor de la vida por cantidad de días y no por su contenido. Impide la selección natural e incrementa con ello la decadencia de la raza. En Inglaterra y Gales el número de enfermos mentales incurables ha pasado, en veinte años, de 4,6 al 8,6 cada 1.000 habitantes. En Alemania, el número de los disminuidos mentales se eleva a casi medio millón y supera ampliamente el millón en los Estados Unidos. Según un informe del ex-presidente Hoover, entre la población juvenil de Norteamérica hay 1.360.000 individuos que padecen defectos de dicción o audición; 1.000.000 tienen cardiopatías; 875.000 son difícilmente educables o delincuentes; 450.000 son débiles mentales; hay 300.000 inválidos y 60.000 ciegos. Pero a esto se agrega la multitud de los física y mentalmente anormales de toda clase; los histéricos, los psicópatas y los neurópatas, incapaces de engendrar ni dar a luz hijos sanos. Su número exacto es indeterminable, pero puede deducirse de la cantidad de médicos que viven de ellos y de la masa de libros que sobre ellos se publican. De esta descendencia se desarrolla tanto el proletariado revolucionario portador del odio de los desfavorecidos como el bolchevismo de salón de los estetas y los literatos que disfrutan y proclaman el encanto de tales constituciones psíquicas.

Es un hecho conocido que los hombres importantes sólo muy rara vez fueron primogénitos y casi nunca hijos únicos. El matrimonio pobre en hijos menoscaba no sólo contra la cantidad sino, sobre todo, la calidad de la raza. Lo que un pueblo necesita, en tanto raza sana por sí misma, es la existencia de una selección de los hombres superiores que lo dirigen. Una selección tal como la promovían el servicio colonial inglés y el cuerpo de oficiales prusiano – y también la Iglesia católica – atendiendo implacablemente a la conducta moral y a la afirmación en situaciones difíciles y sin consideración por el dinero ni por el origen, se hace imposible cuando el material existente no supera la mediocridad en ningún aspecto. Tiene que existir una selección previa por la vida; sólo después puede haberla por el estamento. Una estirpe fuerte precisa padres fuertes. Tiene que haber aún algo del barbarismo de los tiempos ancestrales en la sangre, bajo las formas rigurosas de una antigua cultura, que en los tiempos difíciles emerge para salvar y vencer.

Este barbarismo es lo que yo llamo raza fuerte, lo eterno guerrero en ese tipo de animal de presa que es el hombre. Repito: raza que se tiene, no raza a la que se pertenece; la primera es ética, la otra zoología.  Muchas veces parece no existir ya pero late, dispuesto a saltar, en el alma. Una fuerte provocación y caerá sobre el enemigo. Sólo se ha extinguido allí donde el pacifismo de las ciudades tardías aplasta las generaciones con su fango, dónde se difunde el deseo cansado de la tranquilidad a cualquier precio, salvo el de la propia vida. Es este el auto-desarme espiritual que le sigue al físico por esterilidad.

¿Por qué el pueblo alemán es el menos desgastado del mundo blanco y, por lo tanto, aquél del que más se puede esperar? Porque su pasado político no le ha dado la oportunidad de derrochar su preciosa sangre y sus grandes talentos. Ésa es la única bendición de nuestra miserable historia desde 1500. Nos ha preservado. Nos convirtió en soñadores y en teóricos en lo referente a la gran política, ajenos al mundo y ciegos, estrechos, pendencieros y provincianos; pero eso se puede superar. No hemos tenido un defecto orgánico ni una innata carencia de capacidades, como lo demuestra la época imperial. La sangre adecuada, base también de toda clase de superioridad espiritual, existió y fue conservada. La gran historia es exigente. Consume los mejores elementos raciales. Consumió a los romanos en un par de siglos. Cuando con el descubrimiento de América comenzó de nuevo en gran escala la emigración de los pueblos nórdicos, detenida mil años antes en la Europa meridional, y continuó allende los mares, las vigorosas estirpes españolas, en su mayor parte oriundas del Norte, pasaron a la otra costa dónde podían luchar, atreverse e imperar. Hacia 1800, la aristocracia española más valiosa estaba ya allende el océano y la vida vigorosa se extinguió en la metrópoli. Del mismo modo, desde Luis XIII el estrato superior de Francia con vocación de reinar se ha desgastado en la gran política, aunque no sólo en ella – también la alta cultura se paga cara – y aún más el anglosajón en el imperio mundial inglés. Lo que en este último estrato había de estirpes superiores no envió a sus hombres a los escritorios y los pequeños empleos de la isla natal. Sus integrantes siguieron el impulso vikingo hacia una vida en peligro y, o bien perecieron por todo el mundo en innumerables aventuras y guerras; o bien se enfermaron por el clima, o bien se quedaron en aquellas lejanas tierras en las que, como en Norteamérica, formaron la base de una nueva clase señorial. El resto se hizo «conservador», lo cual en esto quiere decir estéril, cansado, lleno de odio improductivo contra todo lo nuevo e imprevisto. También Alemania ha perdido gran parte de su mejor sangre en ejércitos extranjeros y en naciones extranjeras. Pero el provincialismo de sus estados políticos disminuyó la ambición de los hombres de talento poniéndolo al servicio de cortes pequeñas, de ejércitos pequeños y administraciones pequeñas. No pasaron de ser una clase media sana y fecunda. La mayor parte de la nobleza siguió siendo una clase agricultora alta. No existió un gran mundo ni una vida dispendiosa. La «raza» del pueblo dormía y esperaba la llamada de una gran época. A pesar de las devastaciones de las últimas décadas, Alemania posee un tesoro de sangre talentosa como no la tiene ninguna otra nación. Puede ser despertada y tiene que ser espiritualizada para ser eficaz en los grandes deberes del porvenir. Pero estos deberes ya existen hoy. La lucha por el planeta ha comenzado. El pacifismo del siglo liberal tiene que ser superado si queremos seguir viviendo.

¿Hasta qué punto han avanzado ya los hacia este pacifismo? El clamor contra la guerra, ¿es un gesto espiritual, o es la seria abdicación ante la historia a costa de la dignidad, el honor y la libertad? Pero la vida es guerra. ¿Puede uno despojarla de su sentido y, sin embargo, conservarla? La aspiración a una tranquilidad pasiva, al aseguramiento contra todo lo que perturba la marcha rutinaria cotidiana, el protegerse del destino en todas sus formas parece quererlo así. Es una especie de mimetismo frente a la historia mundial, es el hacerse el muerto ante el peligro como insectos humanos; es el happy end de una existencia vacía de contenido sobre cuyo tedio el jazz y los bailes negroides entonan la marcha fúnebre que celebra la muerte de una gran cultura.

Pero esto no puede ser y no debe ser. La liebre puede quizás engañar al zorro. Pero el hombre no puede engañar al hombre. El hombre de color cala las intenciones del blanco cuando éste habla de «Humanidad» y de paz eterna. Olfatea la incapacidad y la falta de voluntad para defenderse. Aquí hace falta una gran tarea de educación, como la que yo he calificado de «prusiana» y a la que otros pueden llamar «socialista». ¡Qué importan las palabras! Una educación que a través del ejemplo viviente despierte la fuerza adormecida. No se trata de escuela, ni de saber, ni de ilustración, sino de un entrenamiento espiritual que haga aflorar lo que todavía existe para fortificarlo y llevarlo a un nuevo florecimiento. No podemos permitirnos el estar cansados. El peligro llama a la puerta. Los hombres de color no son pacifistas. No se aferran a una vida cuyo único valor es su larga duración. Tomarán la espada si nosotros la deponemos, Otrora temieron al blanco; ahora lo desprecian. En sus ojos está escrita la sentencia condenatoria cuando los hombres y las mujeres de la raza blanca se portan ante ellos como suelen hacerlo, ya sea en sus patrias o bien, incluso, en los países de color. Antes, nuestro poder les infundía espanto – el mismo que le infundieron a los germanos las primeras legiones romanas. Ahora que ya son un poder por sí mismos, su alma que jamás comprenderemos se alza y mira desde arriba a los blancos como a algo que pertenece al ayer.
Pero aun no hemos mencionado el mayor peligro de todos. ¿Qué sucederá si la lucha de clases y la de razas se alían un día para acabar con el mundo blanco? Ello está en la naturaleza de las cosas y ninguna de las dos revoluciones despreciará la ayuda de la otra sólo porque desprecie a sus portadores. El odio común extingue al desprecio mutuo. ¿Y qué pasará si a su cabeza se pone un aventurero blanco, de los que ya hemos conocido a algunos; un hombre cuya alma salvaje no consiguió respirar en el invernadero de la civilización y por ello intenta saciarse de peligros en empresas coloniales, entre piratas y legiones extranjeras, hasta tener de pronto un gran objetivo a la vista? Es con estas personalidades que la historia depara sus grandes sorpresas. La repugnancia que los hombres profundos y fuertes sienten por nuestras condiciones y el odio de los hombres hondamente decepcionados podría exacerbarse hasta producir un alzamiento destructivo. Tampoco esto faltó durante la época de César. De todos modos, si el proletariado blanco se desenfrena en los Estados Unidos, los negros entrarán en acción y detrás de ellos esperarán su hora los indios y los japoneses. En un caso así, la Francia negra no vacilaría tampoco en superar las escenas parisinas de 1792 y 1871. Y los dirigentes blancos de la lucha de clases, ¿acaso se sentirían incómodos si vieran abierto el camino por revueltas de color? Nunca fueron demasiado exigentes en la selección de sus medios. Nada cambiaría tampoco si Moscú callara y dejara de ejercer el mando. Ya ha hecho ya su obra y ésta continúa por si misma. Hemos librado a la vista de las gentes de color nuestras guerras y nuestras luchas de clases, y nos hemos rebajado y traicionado unos a otros; los hemos invitado a participar en ellas. ¿Sería acaso un milagro que, al final, ellos lo hicieran por propia iniciativa?

En este punto, la historia futura se alza muy por encima de las crisis económicas y de los ideales de política interna. Aquí son las potencias elementales de la vida misma las que entran en la lucha en la que se juega el todo por el todo. La forma previa al cesarismo se hará muy pronto más precisa, más consciente y evidente. Caerán por completo las máscara de la era parlamentaria intermedia. Todas las tentativas de integrar en partidos políticos el contenido del futuro serán rápidamente olvidadas. Las estructuras fascistas de estas décadas se transformarán en formas nuevas, imprevisibles, y también desaparecerá el nacionalismo en su forma actual. Lo que quedará en todas partes y no sólo en Alemania será únicamente el espíritu «prusiano» como poder capaz de engendrar formas. El destino, anteriormente concentrado en formas de intenso significado y grandes tradiciones, hará historia en la figura de poderes individuales amorfos. Las legiones de César despiertan de nuevo.

En esto y quizás ya en el presente siglo, las decisiones finales esperan a su hombre. Ante ellas, los pequeños objetivos y conceptos de la política actual se hunden en la nada. Aquél cuya espada conquiste la victoria será el Señor del mundo. Allí están los dados del tremendo juego. ¿Quién se atreve a echarlos?

FUENTES

http://filosofiadisidente.blogspot.com.ar/2014/03/la-revolucion-mundial-de-color.html?q=revoluci%C3%B3n+mundial

1 comentario:

  1. Spengler no fue activista de nada, fue un defensor del fascismo y del darwinismo social. Solo hay que leer La decadencia de la civilización occidental, para ver que hubiera sido un nazionalsocialista ferviente de haberse llevado bien con Hitler. Dicen que Goebels le envidiaba y por eso rechazó varios puestos como educador, por otro lado en este artículo veo una defensa de los blancos y no de los negros como se entiende en el prefacio. Un saludo y felicidades por sus blogs.

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